¿Cuál ventaja?
Por CMMC
A mí me gusta Isabel Allende más que Gioconda Belli, confiesa un estudiante de literatura. Inmediatamente, en tono de dictamen, agrega: para ser mujer, escribe bien. Las muchachas con las que conversa asienten y aceptan su observación canónica.
Dos revelaciones me preocupan de su comentario: que lea a Allende... y que piense que la capacidad escritural —y por tanto, intelectual— pueda subordinarse a la condición de sexo o de género. Asumo que las compañeras no le prestan verdadera atención y que de lo contrario se encendería un apasionante debate de ideas sobre la igualdad, con argumentos y contraargumentos, de los que suelen darse entre universitarios.
Está bien, a estas horas de la fiesta es cada vez más difícil argüir a ultranza que todas las personas somos esencialmente iguales. La realidad se empeña en poner a prueba nuestras convicciones. Y, aunque al final resultare que no lo somos, ni biológica ni —menos— socialmente, siempre a uno le da por hacer apuestas riesgosas en busca del premio prometido: la humanidad.
Antes de definirme como estudiante o aprendiente, nicaragüense o centroamericano, clase media, desclasado, empobrecido o engañado; antes incluso de etiquetarme como hombre, varón o macho, trato de asumir mi condición de ser humano, y a partir de ahí construir mi identidad. Esa ilusión persigo.
Por eso, cuando leo que Caster Semenya es sospechosa de haber corrido los 800 metros llanos con ventaja sobre las demás seleccionadas durante los recientes mundiales de atletismo de Berlín, en donde ganó oro, me pregunto: ¿cuál ventaja? Y me estremece la respuesta que encuentro: sus características biológicas podrían ser mayoritariamente masculinas. De lo cual sólo interpreto que en el mundo aún se habla de una pretendida inferioridad de las mujeres respecto de los hombres. Lo que en la práctica —y esto me es todavía más desolador— podría ser cierto. No tanto por lo genético-anatómico, aunque en esto la ciencia insista en intentar desilusionarme; pero sobre todo en cuanto a roles, valores y preconceptos socioculturales.
Así que, mientras el lector allendista jerarquice la calidad literaria según sexo o género, esas muchachas consientan ser ubicadas un grado debajo de cualquier hombre y las demás corredoras insistan en que perdieron ante Semenya porque esta es "muy masculina", yo persistiré en mi empeño. Y seguiré buscando mi humanidad en desventaja.
