lunes, 21 de diciembre de 2009

Sobre un poema de Carlos Martínez Rivas

Asedio estilístico a «La puesta en el sepulcro», de CMR

Por Roberto Aguilar Leal



Introducción: Los marcos del poema


Carlos Martínez Rivas (1924-1998), autor representativo de la post vanguardia nicaragüense estuvo muy influido, como sus compañeros de generación, por la formación cristiana jesuítica que, aunada a la rebeldía típica del espíritu de la postguerra, derivó muchas veces en cierta actitud de irreverencia hacia la liturgia y la simbología bíblica y cristiana. Rebelde y solitario por naturaleza, arremetió en su obra contra toda tradición e institución (social, artística, religiosa o moral) que atentara contra la autenticidad y la libertad del individuo. En este contexto, adquiere particular importancia su concepción personal del amor, válida también para la poesía, pues amor,mujer y poesía son para él sinónimos, y sólo se entrega a ellas libre y sin compromisos de fidelidad y eternidad. Dos de sus artes poéticas más citadas, “Petición de mano” y “amor libre”, aluden a ello.

La puesta en el sepulcro (decimocuarta estación) no pertenece a ningún poemario en particular, pero concluye una línea temática desarrollada en los poemas reunidos en La insurrección solitaria (1953), y pareciera una culminación de esa etapa. No en balde le llevó al poeta casi treinta años (1953-1980) terminarlo a su satisfacción. Tiene en común con esta obra no sólo el perfeccionismo implacable en el uso de la lengua, sino la abundancia de referencias eruditas al mundo del arte y al texto bíblico, particularmente los evangelios. Porque, hay que decirlo, tanto La insurrección solitaria como La puesta en el sepulcro tienen un tono intencionalmente evangélico, en el sentido en que confrontan los vicios y deformaciones de la sociedad burguesa con el mensaje original de los evangelios. Las alusiones al respecto son abundantes y tendrán que esperar por un análisis intertextual más detenido. Conformémonos con un par de ejemplos:

En el versículo 20, capítulo 8 del Evangelio según San Mateo, Jesús dice: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza”.

Con variantes y ampliaciones, pero trasladadas al ámbito social y artístico, estas mismas palabras serán aprovechadas en la obertura de uno de los poemas más ambiciosos de La insurrección solitaria, “Retrato de dama con joven donante”. Igual sucede con la frase “Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos”, con la que invita Jesús a uno de sus discípulos en Mateos 8:22 a que abandone el mundo y lo siga en la vida eterna. El poeta la aprovechará intertextualmente en el cierre categórico de Petición de mano, en el que el Yo lírico previene a la amada de la tradición que estanca y la invita a renovarse permanentemente:

Opónles tu presente de poderosa caducidad.
Que son ellos, amor mío, ¡Siempre los mismos!
¡Los muertos enterrando sus muertos!
¡Desenterrándolos,
y enterrándolos
y volviéndolos
a desenterrar!


Este afán de transubstanciarse poéticamente con “el hijo del hombre” estará presenta en gran parte de La insurrección solitaria y está presente en el poema que comentamos a continuación.

Un acercamiento estilístico mostrará estos vínculos arriba señalados. Empecemos identificando la voz que nos transmite el poema. Según la clasificación kayseriana, la actitud lírica predominante en el texto es la del apóstrofe lírico, que adopta un tono profético al anunciar el Yo lírico a su amada la inminente separación, algún día, de ambos. Más específicamente, estaríamos frente a un poema de carácter elegíaco, pues el tono vehemente y quejumbroso de quien presiente su futura ruina es el que predomina al final. Aunque debe añadirse la presencia a veces de un tono epigramático de auto burla y despecho.

El título resulta enigmático al inicio, pues no guarda relación inmediata con el contenido del poema. La puesta en el sepulcro es, lo sabe cualquier católico, la decimocuarta y última estación del vía crucis en que se relata la pasión de Cristo. Nos remite, pues, al momento solemne en que su madre María, María Magdalena y otras mujeres piadosas lo depositan amorosamente en la tumba tras bajarlo de la cruz. Pero el poema se refiere a la futura ruptura de la escandalosa relación amorosa entre un hombre y una mujer. Sólo cuando traducimos su sentido simbólico nos ayuda el título a entender la intención del autor: todo el poema se articulará en torno al símbolo de la pasión de Cristo. Las etapas de un amor ilícito (pasión amorosa) adquirirán relieve y trascendencia mediante la analogía implícita con los pasos de Cristo a la cruz y al sepulcro.

Ambos hechos (el sagrado y el profano) son profetizados y dolorosos en su desenlace, pero con la diferencia de que el destino final del amante es un infierno en vez de un cielo. Las analogías, sin embargo, no se agotan ahí, como se verá en el análisis.



Contenido temático


El tema expuesto en este poema es la aceptación fatalista del amor como una experiencia fugaz y pasajera, más intensa cuanto más breve. Niega rotundamente el lugar común del amor eterno.

Al mismo tiempo retoma otro lugar común de la tradición poética universal: el amor acaba. Otros tópicos sobre los vaivenes del amor consagrados por la tradición resonarán a lo largo del poema, pero reformulados en clave irónica por el autor: tal el contraste entre el irremediable fin del amor y el repetitivo ciclo de la naturaleza, fijado por Bécquer en su célebre rima sobre las oscuras golondrinas; o la contraposición entre el corto amor y el largo olvido expresada por Neruda en su poema XX. Valiéndose de esos y otros tópicos, Martínez Rivas nos entregará su propia versión de la intensa pero frustrante experiencia del amor.

La línea isotópica que configura el tema es la de la ruptura amorosa, que implica despedida y ausencia. Esta isotopía se evidencia en el estribillo que recorre todo el poema (“cuando ya no me quieras”) y en las consecuencia previsibles de tal situación: “tú te hayas ido”, “yo me haya ido”, “algo esencial se ha perdido”, “dejar de ser esto que somos”, “nos dispersemos en otros círculos”, “nos disipemos en otras charlas”. A ella se agregan, complementariamente, otras líneas isotópicas:

La isotopía de la transgresión y el escándalo, que define la naturaleza de los amantes: “no podamos estropear nada”, “pareja expuesta al dardo”, “mal avenida”, “bien enlazada”. El carácter ilícito de la relación, o sea su confrontación con la falsa moral predominante, será la clave de su autenticidad y el germen de su futura destrucción.

La isotopía de amor como fiesta o rito: “los de la música”, “el portón se cierre”, “soplan los candiles”, “un culto”, “un lenguaje”, “un rito”. Las evocaciones de la plenitud amorosa estarán siempre relacionadas con un ambiente festivo en el que la complicidad de la pareja contrastará con la anónima multitud.

La isotopía del despecho, típico del macho herido: “errabunda búsqueda femenina”, “te descalces delante de otro cetro”, “te desveles bajo otra antorcha”, “triturada por otros trapiches”, “el poder que yo te transmití”, “ya se le agotará”, “vendrá a mí y no le daré más”, “aquí estuve brutal”… Tales expresiones de despecho revelan una naturaleza narcisista que sólo buscará en el otro un reflejo de sí mismo, lo cual es equivalente a una implícita vocación de soledad.

La isotopía de la frustración: “remontarse al sucio pasado”, “sucio canal mal oliente”, “conjure tu sombra”, “agujereándola de máculas y flaquezas”, “inadecuado para la soledad y la amargura”, “Furias como pietás”, “Erinias disfrazadas de monjas”, “garras y mantos”, “oscura y helada tumba”. Tales son los términos en que se traduce la insoportable experiencia de la soledad.

Como ya se dijo, la enunciación del tema desarrollado en el texto está casi explícita en la frase que lo inicia y lo recorre de principio a fin, dándole una ritmicidad musical: “cuando ya no me quieras. Complementada por las líneas isotópicas arriba mencionadas, tendríamos como resultado una reflexión sobre el amor como experiencia traumática: necesaria pero fugaz; intensa y placentera en su breve paso, pero eternamente dolorosa y frustrante en su ausencia.

Esto es así por el concepto transgresor del amor, contrapuesto por el autor a las normas establecidas por una tradición basada en una falsa moral.



Estructura textual


No obstante su densidad y complejidad temática, Carlos Martínez Rivas estructuró este extenso poema (71 versos distribuidos en 18 estrofas) de manera sencilla. Es decir, a partir de la repetición obsesiva de la frase “cuando ya no me quieras, que funciona ambiguamente como anáfora y estribillo. Cada aparición de dicho verso marca el paso de un aspecto del contenido a otro. Según este principio organizador, se pueden distinguir tres núcleos temáticos que narran y describen, en forma de gradación, el proceso de descomposición del sentimiento amoroso, desde su etapa de plenitud hasta su erosión total:

El primer núcleo temático abarca los primeros 34 versos, en los que el yo lírico presiente o profetiza la inminente separación al final de un amor que todavía goza de buena salud: “Cuando hayamos dejado de ser esto que somos: / pareja expuesta al dardo / mal avenida pero bien enlazada”. Este primer anuncio insiste en el carácter transgresor de la relación. Enfrentada al juicio de una sociedad hipócrita y a sus propias pasiones, la pareja atravesará tres momentos: la partida (“Cuando tú te hayas ido/ y yo me haya ido”); la separación definitiva (“Cuando hayamos dejado de ser esto que somos”), y la dispersión (“y otro sol será tu sol/ y otra luna será mi luna”).
El segundo núcleo temático comprende los versos 36-60. En ellos se pasa de la nostalgia al despecho del macho posesivo que se niega aún a aceptar que tal separación equivale a un acto de autoinmolación. Entre la evocación de un pasado grato y el conjuro de un futuro temido, se ironiza el mito del hombre que se cree insustituible en el corazón de la amada. Si en la primera parte se anunciaba el fin del amor, en ésta se conjura el dolor causado por tal pérdida: “rumiándote en el hosco destierro,/ granitizándome en la frustración y el orgullo/ como un mendigo sobre un pedestal”.

El tercero y último núcleo temático abarca los últimos once versos (61-71), que cierran el poema con un giro inesperado. En él se describen la ausencia total de la amada y del sentimiento amoroso como un infierno insoportable. Se admite, además, la vulnerabilidad del yo lírico (“inadecuado/ para la soledad y la amargura”), cuya soberbia machista de estrofas anteriores desaparecerá para mostrársenos en total desamparo.

Asistimos, pues, como lo sugiere el título, a un peregrinaje tortuoso por el camino del amor, cuyo destino natural sólo puede ser la muerte, pero en este caso no una muerte inesperada, sino una buscada.



Niveles lingüísticos


Desde el título, este poema prepara al lector para una experiencia predominantemente visual, pues nos remite a la iconografía de la pasión de Cristo, tantas veces pintada y esculpida en el arte cristiano occidental. De ahí el tono elegíaco-quejumbroso que se desprende de su estructura reiterativa y la rica plasticidad de sus imágenes.

Hay que señalar, antes que nada, que todo el poema está concebido como una alegoría del amor humano (el loco amor) basada en el arquetipo evangélico del amor divino. De una forma sutilmente irreverente, el autor hace una analogía entre la predestinación de un amor “ilícito” y la predestinación de Cristo. En ambos casos se conoce de antemano el destino final; ambos idilios (el del yo lírico con su amada y el de Cristo con su pueblo) equivalen a una fiesta (recordemos las bodas de Canán y el Domingo de Ramos en analogía con los versos 7-12), contrastante con la dolorosa agonía posterior y la muerte final.

El carácter visual del poema se apoyará en el uso oportuno de figuras semánticas como la imagen, la metáfora, el símil y de una figura gramatical fundamental como el epíteto.

Dos imágenes sumamente elaboradas y altamente significativas por su carga simbólica abren y cierran el poema. La primera, en los versos 5 al 12, describe el fin del amor o la ruptura de los amantes como el final de una fiesta, en la que los detalles seleccionados sobresalen por su carácter de irreversibles: músicos que parten, portón que se cierra, candiles que se apagan:

Cuando tú te hayas ido
y yo me haya ido
y los de la música se hayan marchado
y el portón se cierre
(dentro pasan el largo fierro por la argolla
asegurando con la correa el cerrojo,
y soplan los candiles
y las mechas se quedan humeando)


La segunda, que cierra el poema (versos 67-71) describe el sentimiento de soledad, frustración y desamparo del amante abandonado, mediante la inversión de símbolos:

garras y mantos
de mujeres: Furias como Pietás,
Erinias disfrazadas de monjas
me depositarán
en la oscura y helada tumba que me busqué.


De esta manera, la imagen de la Pietá y sus émulas, las monjas, símbolos asociados por la tradición con el amparo materno, la piedad y el consuelo, son trasmutadas en las terribles Furias y Erinias que, según la mitología griega, atormentan eternamente a sus víctimas.

Otras imágenes complementarias pueden ser apreciadas en los versos 22-26, que resumen gráficamente los vaivenes del loco amor,

habrá quien diga: “Aquí dos seres carmesíes
se atraparon. Los vimos
balancearse estremecerse oscilar
retornar a la seguridad
y caer”.


y en los versos 27-34, que actualizan en términos presentes y locales el contraste becqueriano entre el fin irreversible del amor y el repetitivo ciclo del mundo exterior:

Para entonces, el zumbido del tractor
volverá a oírse desde el fondo del llano.

Las chorejas del guanacaste caerán
con su golpe seco frente al portal.
Pero esos rumores de la vida
nos llegarán por separado,
y otro sol será tu sol
y otra luna será mi luna.


Esta plasticidad no se agota en las elaboradas imágenes arriba descritas. En un derroche de virtuosismo, CMR condensará en forma de metáforas y símiles algunas ideas claves para la comprensión del poema. De esta manera, la naturaleza ilícita y libre del amor exaltado en este poema es definida metafóricamente en los siguientes términos: “pareja expuesta al dardo”, “dos seres carmesíes se atraparon”. Más gráficas aún serán las metáforas altamente erotizadas de los versos 43-46:

y te descalces delante de otro cetro
y te desveles bajo otra antorcha
y triturada por otros trapiches trasiegues
el poder que yo te transmití;


En ellas se expresa el concepto de sumisión de la hembra pasiva frente al fálico macho. En esta misma dirección apuntan los abundantes símiles y la rica adjetivación que recorren buena parte del texto.

En el nivel sintáctico sobresalen las figuras por repetición, que contribuyen a intensificar la vehemencia del tono que caracteriza a este poema. La principal y más evidente es la anáfora, que además le permite al autor realizar abundantes variaciones sobre el tema tratado. El adverbio “cuando” encabeza nueve versos, de los cuales cuatro están constituidos por el estribillo “cuando ya no me quieras”, que estructuran todo el poema, y los otros cinco inician ideas complementarias que contextualizan el contenido del poema: “cuando tú te hayas ido…”; “cuando hayamos dejado de ser esto que somos…”; “cuando en las sucesivas fases de tu errabunda/ búsqueda femenina…”, etc.

Otra figura por repetición es el polisíndeton, cuya utilización contribuirá a la intensificación de ciertas secuencias claves en el poema (vs. 5-12; 42-42; 47-48).

Tal redundancia, provocada por estas y otras figuras, lo que busca, a la larga, es demorar o dilatar masoquistamente un presentimiento o una certeza que bien podría caber en una frase: “Cuando ya no me quieras mi vida será un infierno porque no soportaré tu ausencia”. Y sintácticamente esta morosidad se manifiesta en el carácter inconcluso (a pesar de los puntos seguidos) de la mayoría de las frases enunciadas a lo largo del poema. Sólo en la última estrofa encontraremos la cláusula que completa el sentido de esa larguísima oración subordinada adverbial que es este poema desde el punto de vista sintáctico.



Conclusión


Este acercamiento, superficial aún para un autor tan denso y complejo como Carlos Martínez Rivas, nos ha revelado varias cosas:
En primer lugar, la estrecha relación temática y formal entre La puesta en el sepulcro y La insurrección solitaria, esa especie de evangelio personal desde el cual su autor pretendió moralizar a una sociedad corrupta. Iniciada su escritura un Viernes Santo de 1953, año de publicación del libro, el poema retoma los tópicos principales desarrollados en aquel, convirtiéndose en una especie de colofón del mismo.

En segundo lugar, nos revela la intención de establecer una relación dialógica con el lector, mediante el juego intertextual con el texto bíblico y con algunos autores consagrados dentro de la tradición de la poesía amatoria. La alusión más obvia, como ya se señaló al inicio, es la del título, que nos advierte de la analogía que se establecerá entre la pasión de Cristo y la pasión amorosa. Menos obvio es el paralelismo del reiterado anuncio de la futura ruptura amorosa en el poema con el anuncio que de su muerte hace Jesucristo en los evangelios. Según la tradición recogida en Mateo, Marcos y Lucas, Jesús anuncia tres veces su muerte a sus discípulos. De la misma manera, el yo lírico de este poema anuncia tres veces a su amada el inevitable fin de su amor. A este juego intertextual principal, que da categoría de verdad teológica a la aceptación fatalista del amor como experiencia fugaz y pasajera, se añadirá las obvias alusiones a Bécquer y Neruda, ya señaladas al inicio.


Finalmente, queda clara en este poema la intención de reafirmar el concepto del amor como experiencia tortuosa, autodestructiva, frágil y fugaz pero libre, expresado por el poeta a lo largo de La insurrección solitaria. Leído en su correcto contexto, La puesta en el sepulcro hasta se puede leer como una variación ampliada de su tantas veces citada Ars poética:

¿Que eres reacia al Amor, pues su manía
de eternidad te ahuyenta, y su insistente
voz como un chirriante ruiseñor
te exaspera y quieres solamente
besar lo pasajero en la cambiante
eternidad de lo fugaz? –entonces
¡soy tu hombre! Pues más hospitalario
que el mío un corazón no halló jamás
para posarse el falso amor. Igual
que llegué parto: solo, y cuando mudo
de cielo mudo también de corazón.


Ambos poemas se cierran con la imagen tortuosa de un yo lírico atormentado por la frustración y la soledad, que además de castigo, según el contexto, será la condición indispensable para la creación:

Donde quiero destierro y silencio
no traspases la linde. Allí el buitre
blanco del Juicio anida y sólo el
ceño de la vida privada ¡Canta!






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Roberto Aguilar Leal es actualmente director de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua).
Este artículo fue tomado de Cátedra. Revista de Educación, Cultura y Ciencias, órgano de la Facultad de Educación e Idiomas de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, Nro. 13 (Agosto de 2005-Diciembre de 2007), pp. 66-76. La publicación ya no se edita. Este mismo número fue descargado de la web de la institución, como archivo PDF.
La imagen que ilustra es un dibujo de Daniel Pulido, usado como portada del número 21, Enero-Febrero 2009, de la revista realizada en León Deshonoris Causa.

9 comentarios:

  1. yo opino que Carlos Martinez Rivas es uno de los mejores poetas de la postvanguadia y aun con mi poca experiencia en el ramo de la literatura, diigo que poetas como ellos hay pocos y este tipo de poetas como: C.M.R, Charles Baudelaire,Ernesto Cortez y algunos que no se me queda el nombre son especiales por su tipo de poesia, como que ese oscurimos como ese simbolismo al leerlo como que te transportas alo que ellos estaban viendo o pensando en ese momento es algo especil,yo no soy muy comosedor apenas soy estudiante de 5to año pero me a tocado leer mucha poesia y me an tocado solo autores de la clase de los antes mencionados que como digo son facinantes la verdad espero convertirme en un interprete de este tipo de poesia oscura y simbolica . asi que me despido muchas gracias por aber echo esta pagina me sirvio de mucho en mi tarea bay..

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  2. exlente poema hermano, he leido ya unos cuantos de CMR pero necesito saber el titulo de uno en especifico, uno leido hace varias lunas que por motivos ajenos a mi voluntad extravie en el fango de mis lagunas mentales, solo recuerdo "llegue demasiado tarde cuando era aun temprano" (o viceversa),en verdad te agradeceria me lo hicieras llegar.JLRoque2011@hotmail.com.
    Buen trabajo.Gracias

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  3. El programa de estudio de lengua y literatura del mined, contempla el estudio de CMR, es una làstima que se evada en la mayorìa de los casos el anàlisis de este gran poeta. La`literatura es el talòn de Aquiles de los docentes de español- Algunos ni idea tienen de quièn es Carlos Martinez Rivas. Gracias por el aporte que ustedes brindan en este trabajo

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  4. Es un placer y siempre nuestras puertas están abiertas a colaboraciones. Saludos.

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  5. Maestro Aguilar, ¿cuándo nos entregará un estudio sobre La insurrección solitaria que nos haga conocer los verdaderos alcances del poeta Martínez Rivas?

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  6. Uno de los mejores poetas nicaragüenses:)

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  7. La verdad es que amé este poema, sin duda CMR es uno de los mejores poetas.

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